El carácter se considera un conjunto de rasgos, cualidades o condiciones que indican la naturaleza de una persona o su manera de actuar y pensar que nos diferencia de las demás personas. No nacemos con el carácter ya que éste se va formando por la influencia del medio ambiente, la cultura y el entorno social donde cada persona se desenvuelve. Es una combinación de valores, sentimientos y actitudes que se va fortaleciendo día a día por medio de los hábitos de cada individuo y la manera en que reaccione frente a las experiencias de su vida. El carácter termina de formarse hasta el final de la adolescencia y “… es el único tesoro que se puede llevar de este mundo al venidero” (PVGM, 267)

Un carácter noble y cabal no se hereda. No lo recibimos accidentalmente. Lo obtenemos mediante esfuerzos individuales, realizados por los méritos y la gracia de Cristo. Dios da los talentos y las facultades mentales, pero somos nosotros quienes formamos el carácter. Lo desarrollamos sosteniendo rudas y severas batallas contra el yo. Hay que sostener conflicto tras conflicto contra las tendencias heredadas. Tendremos que criticarnos a nosotros mismos severamente y no permitir que quede sin corregir un solo rasgo desfavorable. (MCP. TII)  VGM 266 (ed. PP); 231 (ed. ACES) (1900).